domingo, 27 de octubre de 2013

Diálogos merodeadores (II): La correspondencia entre las sensibilidades musicales y el estado emocional


Hoy, 27 de Octubre de 2013, hallo impávido el día; lúgubremente gris se acuna en el sosiego de la niebla. Enclaustrada en arritmias musicales de vespertinos sueños y falsas ofrendas poéticas, me animo a escribir sobre aquella tarea anteriormente propuesta: la de reflexionar sobre la relación entre los estados anímicos y la música.




La música es y, aparentemente, siempre ha sido uno de los condimentos más sutilmente demandados en la existencia humana; sus desvaríos múltiples, transparentes y opacos preludian reuniones e incomprensiones varias. A través de sus proteicas expresiones melódicas cientos de seres humanos han amalgamado sus sentires en un intento –veces fallido, veces acertado– de aglutinar sus perennes penas y transmutarlas en júbilos esporádicos. Mas no es nuestra intención sostener vehementemente que la música tiene un carácter funcional único e irrefutable, pues entraríamos de lleno en el equívoco de las presunciones sociológico-positivistas que causalidades impusieron a los vacíos existenciales. No, la música, en toda su luz y oscuridad, se expande allá donde los recovecos del olvido han creído fallidamente llegar: desde la sencillez durmiente en los páramos inhóspitos de la naturaleza callada hasta la complejidad extrema de un universo que inconmensurable azota nuestro engreído orgullo antropocéntrico.

¿Quién no ha descubierto alguna vez, meditando “en” y “sobre” la música, ese mar multiforme de sensaciones vacuas y estridentemente desbordantes inundando su interior? ¿Quién no ha sentido su ser exiliado en las estepas de los tangos inquietos, las arias secretas o los arpegios inciertos? ¿Quién no ha visto temblar su ser en el pálpito de una arritmia musical que difumina los contornos espacio-temporales de todo ente autoconsciente? ¿Quién no ha sucumbido silenciosamente en las melodías ocres de una música hipnotizante, resbaladiza, pueril? ¿Quién no ha sido huida en el remanso fiero de los vivos pensares y dolores muertos que melodías balsámicas tornaron posibles en el auspicio del destierro? ¿Y quién no ha visto sonrisa arrancada, cuando no lágrima robada, del rostro sorprendido por la sórdida ternura y fulgurante belleza del (des)concierto musical?



La música, en cualquiera de sus formas, se erige en la sintonía de su regazo ambivalente fuerza motriz. En ella y con ella nos movemos. Ella, en su constitución poliédrica, puede ser a la vez antídoto de sufrimiento, removedora de nostalgias, cultivadora de melancolías o arquitecta de alegrías. Ahora bien, el diálogo que aquí nos concierne pretende gravitar, mayormente, siguiendo la estela elíptica de las emociones y su correspondencia, si la hay, con patrones musicales varios.

Tal y como sabemos, el ser humano es capaz de percibir un gran abanico sonoro mediante el sentido del oído1. La audición, producto de la extraordinaria ingeniería fisiológica que impera en nuestra biología, es engañosamente simple: unas moléculas se mueven en un “medio continuo”2 generando ondas determinadas acorde con las características físicas de la fuente sonora; dichas “ondas viajeras”3 se propagan –generalmente a través el aire– sobrepasando, con mayor o menor éxito, fronteras materiales diversas hasta llegar –con suerte– a la cadena de huesos más ínfima del cuerpo humano. En el oído medio las ondas sonoras se convierten en fluctuaciones mecánicas (transducción) que, integradas con posterioridad en el nervio auditivo, son transmutadas a su vez en impulsos eléctricos. Las células nerviosas de nuestro cerebro, las neuronas, procesan en el lóbulo temporal el sonido en cuestión, ahora convertido en resplandeciente actividad eléctrica. Aquí nuestro encéfalo, en la complejidad de la interacción bioquímica que lo constituye, interpreta susodichos impulsos eléctricos en imágenes sonoras y melodías bien definidas y concretas.



Si bien estos procesos sensoriales y perceptivos han sido adecuadamente estudiados, cabe plantear una cuestión no menos llamativa y tentadora: ¿cómo estas reacciones físico-químicas que determinan lo que percibimos como melodías o sonidos armónicos inciden en la configuración de nuestras sensibilidades musicales? En otras palabras: ¿de qué manera, una vez dado el paso del fenómeno físico al fenómeno psíquico, surgen recuerdos, emociones o acciones impulsadas por el cariz melódico de una pieza musical particular? Podríamos aventurarnos a decir, tomando en consideración el primer post de esta serie, que la sensibilidad estética posee cierta dependencia relativa de la experiencia sujeto-mundo, de tal modo que la relación sujeto-música constituye una experiencia única, un acontecimiento en el que una complejidad sonora se torna genuinamente coherente y accesible para uno o varios sujetos según el carácter de sus vivencias.

En virtud de los grados y cualidades experienciales que un sujeto posea con respecto al campo sonoro de las melodías y armonías, la imaginación y el razonamiento fraguarán estilos diversos de sensibilidad musical. Lo que nos interesa desentrañar, llegados a este punto, son las posibles correlaciones entre estados anímicos-emocionales diversos y tendencias musicales concretas. Para aclarar el propósito de nuestras reflexiones, consideramos propicio señalar aquellos postulados teóricos que describen las cualidades físicas de los colores y su correspondencia con estados psicológicos específicos. Atendiendo a la física del color –muy a grandes rasgos–, las diversas longitudes de onda de la luz permitirían al ojo discernir un color de otro. Ahora bien, la reacción psicológica que nuestra mente/cuerpo desencadenaría a partir de la sensación del color es lo auténticamente sorprendente: las ondas, según su frecuencia y longitud, provocarían estados psicológicos disímiles: allá donde las longitudes de onda más largas –correspondientes a colores más claros y llamativos (rojo, naranja, amarillo,…)– transmiten sensaciones de excitación, fulgor y pasión, las longitudes de onda más cortas –correlativas a colores más oscuros y sutiles (azules, violetas o liláceos)– despertarían sensaciones de calma, quietud y seguridad.


Es por ello que, sobre la base de las reflexiones anteriores, nos aventuramos a cuestionar si existe alguna correspondencia entre las cualidades concretas de un campo sonoro y un estado psico-emocional determinado. Acorde con la terapia alternativa basada en la música, esto es, la “musicoterapia”4, las diversas manifestaciones melódicas tendrían la capacidad de armonizar, potenciar y mejorar determinadas aptitudes o estados psicoafectivos. Veamos lo que la enciclopedia virtual “Wikipedia” nos dice al respecto:

<<La musicoterapia es el manejo de la música y sus elementos musicales (sonido, ritmo, melodía y armonía) realizada por un musicoterapeuta cualificado con un paciente o grupo, es un proceso creado para facilitar, promover la comunicación, las relaciones, el aprendizaje, el movimiento, la expresión, la organización y otros objetivos terapéuticos relevantes, para así satisfacer las necesidades físicas, emocionales, mentales, sociales y cognitivas.>>5

Si atendemos las cualidades físicas de los sonidos, la frecuencia, la intensidad, el timbre y la duración vendrían a determinar el carácter de ellos así como las cualidades del ritmo, la melodía y la armonía, dando lugar a manifestaciones musicales diversas. Tomando como base las aportaciones de la psicoacústica (rama de la psicología encargada de estudiar la percepción del sonido) y la musicoterapia, aceptamos el reto de elaborar un cuadro que manifieste, de forma amena y altamente sucinta, los géneros musicales, sus principales cualidades sonoras y las sensaciones que pueden causar:

[NOTA: queremos subrayar, antes de sumergirnos en la lectura del cuadro, el hecho de que las nociones aquí descritas no pretenden forjarse como “tendencias o definiciones inmutables” según el género musical; por el contrario, se tratan de aspectos que, dado el carácter personal de las percepciones, están abiertos al cambio. Del mismo todo, en el cuadro-resumen no se hallan todos los géneros musicales; para no alargar demasiado el post hemos decidido recurrir a los más nombrados].


INSTRUMEN-TALIZACIÓN Y VOZ
TIEMPO y RITMO
ALTURA
SENSACIONES QUE PUEDEN CAUSAR
BLUES
Género musical “negro”; destacan los instrumentos de carácter africano y las técnicas de guitarras basadas en el "slide", "bend" o   "vibrato". Cariz desgarrador en sus voces.
Patrón musical repetitivo de orígenes afroamericanos.

Predominio de sonidos graves: "juegos de llamadas y respuestas".
-Promueve la acción o el movimiento.
-Estimula la creatividad y la abstracción.
-Melancolía y catarsis.
-Carácter reivindicativo.
-Despojo emocional.
ROCK
Influido por el blues. Principalmente recurre a   instrumentos eléctricos (guitarra, bajo, órgano…) y percusión (batería). Voces potentes.
Aunque se dan tiempos y ritmos lentos (60-80 pulsos por segundo), predominan los rápidos (100-160 pulsos/min.)
Sonidos mixtos, agudos y graves: fuerza y vivacidad.
-Excitación e impulso hacia la acción: motivación.
-Emociones intensas y anímicamente elevadas.
-Retención y liberación de tensiones.

POP
Instrumentos eléctricos y no eléctricos (guitarra, bajo, piano…) y percusión (batería).
Alterna entre ritmos lentos, rápidos y moderados.
Similar al rock, predominan sonidos mixtos y agudos.
-Motivación hacia la danza rítmica.
-Emociones alegres. Sentimientos de unión y conmoción.
FLAMENCO
Por lo general, destaca el uso de instrumentos manuales (guitarra española, castañuelas,…) o corporales (palpadas, pisadas,...). Voces rasgadas y serenas.
Aunque el tiempo y los ritmos pueden ser variados,
predomina la sistematicidad del carácter lento y “adante”.
Variada. Características mixtas entre alturas agudas y graves.
-Altas dosis de emocionalidad.
-Carácter nostálgico, vivaz y pasional.
-Despojo de emociones huracanadas.
TANGO
El acordeón y la armónica suelen ser instrumentos recurridos. 
Voz melosa y serena.
Ritmo sistemático, de carácter "juguetón".
Cualidades variadas y mixtas entre tonalidades agudas y graves.
-Puede ser asociado a la expresión de majestuosidad,
el equilibrio de ánimo y la pasión.
-Carácter nostálgico,  melancólico y pasional.

 JAZZ
Influido por el blues. Predominan los instrumentos de viento madera, viento metal y percusión.
Ritmos y líneas melódicas muy diversas, abiertas a la improvisación y al juego armónico.
Uso del "swing".
Altura derivada de la música africana y afroamericana.
Cariz poliédrico.
-Se asocia con la creatividad.
-Incita a la acción o el movimiento liberador.
-Carácter reivindicativo y catártico.
SALSA
Destaca el papel de la percusión “latina”. Voces agudas y vigorosas.
Estructura rítmica repetitiva que toma como base "la clave de son".
De influencia musical cubana. Sonidos de carácter agudos y mixtos.
-Desenvoltura.
-Sensualidad.
-Sinuosidad del temperamento.
-Promueve la organización del movimiento en la danza con pareja.
RAP
Protagonismo destacado de la voz (sobre todo con el “beatboxing”).
Uso de sintetizadores y música electrónica. Instrumentos varios.

Ritmos sistemáticos y repetitivos con margen a la variación.
Se recurre al “turntablism” (uso giratorio de discos).
Altura sonora variada y mixta con predominio de   sonidos graves.
-Impulso hacia la reflexión y la crítica.
-El cariz de sus frases musicales es eminentemente reivindicativo.
-Liberación de la rabia.
BALADAS
Protagonismo de voces dulces y melosas, también rasgadas.
Instrumentos de cuerda y viento.


Ritmos lentos, opacos, pausados.


Sonoridad variada. Destacan los sonidos graves u opacas.
-Predominio de emociones de pérdida, melancolía, nostalgia y anhelo.
-Reconocimiento del dolor, la tristeza y lo imperecedero.
REAGGE
Guitarra, bajo, batería.
Destaca el efecto de la voz rasgada y el órgano “Hammond”.
Ritmo relativamente lento y repetitivo.
Tonalidades mixtas.
-Evoca la introspección y expansión mental.
-Carácter reivindicativo.
-Estimula la reflexión.
MÚSICA CLÁSICA
Instrumentos propios de la orquesta sinfónica (cuerda, viento-madera, viento-metal y percusión).
La mayoría de estos instrumentos fueron inventados antes del s. XIX.
Tiempos y ritmos variados: uso combinado de tiempos lentos, "moderatos" y “allegros.”
Su rango es de los más completos y amplios: desde el modo alegre y vivaz de su aguda sonoridad hasta los sonidos lúgubres, graves u opacos.
-Carácter majestuoso y solemne.
-Conexión espiritual.
-Experiencias de transcendencia o inmanencia vital.
-Paroxismo, exaltación de emociones alegres y nostálgicas.
-Promueve la creatividad, la relajación y la introspección.


Acorde con el cuadro aquí expuesto, cabe cuestionar: ¿es casualidad, o causalidad, que la música en la que predominan sonidos graves, ritmos lentos y timbres oscuros se relacione con frecuencias de onda sonoras bajas; correspondiéndose, en consecuencia, con estados emocionales alicaídos? De la misma forma: ¿hasta qué punto las frases sonoras predominantemente agudas, con ritmos rápidos y, por tanto, frecuencias altas, son correlativas a estados emocionales febriles, pasionales y activos? Podríamos añadir, con todo ello, que la sinuosidad de la línea melódica-armónica en cada caso acentuaría –o restaría– valor a tales sensaciones. No obstante, pese a lo dicho, se torna imprescindible enfatizar que las correspondencias que puedan fraguarse entre las sensibilidades individuales y los géneros musicales siempre tienden a reflejar una ponderación meramente orientativa; teniendo en cuenta nuestras reflexiones en enlaces anteriores sobre la relación "experiencia-sensibilidad-juicio estético/juicio de valor", el juicio estético y, por ende, la sensibilidad son eminentemente subjetivos.

Sea como sea, queridas merodeadoras, de ustedes depende la cualidad relacional que confeccionen con la compleja red del universo musical. Probablemente, el entresijo de nuestro sentir a este respecto puede alinearse con aquella frase articulada por un Tchaikovski rebosante de sapiencia: “En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco”.



Tras estas reflexiones no puedo más que dejar aquí, a modo de apología, un tema que expresa el carácter transcendental e imperecedero de la música. Esperando que les guste... Ahí va, con amor:

MÚSICA DE NACH – El Idioma de los dioses



JZRP.
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1 Hasta ahora el umbral de audición estimado para el ser humano se sitúa entre los 20 y 20.000 Hz.


2 Wikipedia lo define así:
<<Un medio continuo se concibe como una porción de materia formada por un conjunto infinito de partículas (que forman parte, por ejemplo, de un sólido, de un fluido o de un gas) que va a ser estudiado macroscópicamente, es decir, sin considerar las posibles discontinuidades existentes en el nivel microscópico (nivel atómico o molecular).>>

3Dicho muy sucintamente, las “ondas viajeras”, al contrario que las “ondas estacionarias”, se propagan linealmente por el aire sin interferir unas sobre otras. Para más información: http://www.eumus.edu.uy/docentes/maggiolo/acuapu/prp.html

4Cabe decir que no conviene concebir la musicoterapia como una herramienta terapéutica que expide recetas “musicales” como quien otorga paracetamol; más bien, habría de ser entendida como un procedimiento que favorece: (1) determinadas cualidades físicas o habilidades comunicativas (por ejemplo, la disfemia [o tartamudez] tiende a desaparecer mientras la persona en cuestión canta); (2) el bienestar emocional (a través de la relajación); (3) y, como consecuencia de todo ello, algunas capacidades cognitivas tales como la concentración, la memoria (mediante estrategias mnemotécnicas) o imaginación (creatividad).

5 Definición encontrada en Wikipedia; recurrimos a este diccionario virtual por su fácil acceso y la general legibilidad de sus contenidos de forma primaria. En relación a los géneros musicales encontramos lo siguiente:
<<Un género musical es una categoría que reúne composiciones musicales que comparten distintos criterios de afinidad. Estos criterios pueden ser específicamente musicales, como el ritmo, la instrumentación, las características armónicas o melódicas o su estructura, y también basarse en características no musicales, como la región geográfica de origen, el período histórico, el contexto sociocultural u otros aspectos más amplios de una determinada cultura.>>

Estos géneros se clasificarían según los siguientes criterios:

Características melódicas, armónicas y rítmicas.
Instrumentación típica.
Lugar geográfico.
Origen histórico y sociocultural.
Estructura de las obras (canciones, movimientos, etc.).
Normas y técnicas de composición e interpretación.
Medios y métodos de difusión.

sábado, 5 de octubre de 2013

Onagra: la planta de la Mujer




Imágenes vistas: aquí y aquí.

Mi Madre, que es muy sabia, me obligó recomendó tomarme unas pastillas de aceite de onagra, pues decía que iría muy bien para todo. Es por ello, que quise investigar y qué sorpresa me llevé al descubrir sus propiedades.

La onagra prímula (Oenothera biennis), también conocida como hierba del burro, tiene su origen en norteamérica, siendo muy usada por los indios nativos norteaméricanos durante siglos.

Los principales componentes de la onagra son:

Ácidos: oleico, alfa-linoleico, beta-linoleico, gamma-linoleico, esteárico, aspártico, glutamínico, palmítico (en sus semillas), cafeico, elágico y p-cumárico en sus hojas.
Aminoácidos: arginina, cistina, fenilalanina, glicina, histidina, isoleucina, leucina, lisina, prolina, lisina, treonina, tirosina y valina en las semillas.
Vitaminas: Ácido ascórbico (vitamina C).
Fibra, tanto en la planta como en sus semillas.
Minerales: Potasio, magnesio, manganeso, cobre, boro, hierro, cinc en las semillas y calcio y fósforo en la planta y en las semillas.

Ciertamente, leí que se le llama la planta de la mujer pues posee poderosos beneficios para nosotras.
  • Para combatir los efectos de la menopausia
  • Ayuda a  la regulación de la menstruación. 
  • Alivia el síndrome premenstrual. Esto se debe a que su alto contenido en ácido gamma-linoléico contribuye a la segregación de la prostaglandina E1, hormona que reduce los procesos inflamatorios. Dicha propiedad resulta muy útil en el tratamiento de los síntomas del síndrome premestrual tanto en el plano físico como psíquico. En el plano físico porque disminuye la hinchazón del vientre, la sensibilidad en los pechos o las náuseas y otros dolores. En el aspecto psíquico ayuda a combatir la depresión y la irritabilidad.
  • También se la relaciona con un efecto favorecedor del embarazo, de hecho se ha empleado en ciertos casos relacionados con la infertilidad femenina, así como para la reducción de los  quistes de ovarios. También en casos de endometriosis (inflamación del tejido del útero) y para la reducción de bultos benignos en las mamas.
  • Favorece la dilatación de las arterias y evita enfermedades como la flebitis, las hemorroides, las varices o la hipertensión.
Y no sólo esto, también mejora el acné, reduce la tensión arterial, mejora los eccemas, soluciona problemas de impotencia (pues mejora el riego sanguíneo en el pene), es por ello que puede ayudar en caso de alopecia o en la salud de las uñas, siempre y cuando estas afecciones estén relacionadas con una mala circulación, reduce los niveles de LDL, (colesterol “malo”).

Además, la onagra ha resultado muy útil como apoyo en el tratamiento de la diabetes. Esto se debe a que mantiene estables los niveles de insulina y a que previene los efectos secundarios que la enfermedad tiene sobre el sistema nervioso de los pacientes, aunque muchas de sus aplicaciones en este sentido aún están a prueba en los laboratorios.


* Contraindicaciones
Según he leído, hasta el momento todos sus efectos son beneficiosos y no se conoce toxicidad. Aun así, tiene efectos secundarios, ya que cabe cierta posibilidad de sufrir reacciones adversas estomacales como náuseas, malestar o incluso dolor de cabeza y su consumo no es compatible en casos de epilepsia.

Mi Madre compró un bote en la farmacia y no recuerdo bien el precio, pero me suena en torno a los 4 - 5 €. Se suele tomar tres capsulas al día, una con cada comida, pero si decides tomarla, ya lo leerás en el prospecto. La marca que compró es esta:


Por último, algo personal. Yo no se si está relacionado directa o indiretamente con la onagra, pero hace unos años mi ginecóloga me contó que tenía los ovarios poliquísticos. Pues bien, en la revisión de este año me dijo que tenía los ovarios perfectamente normales, sin quiste alguno.

Por todo ello, les invito a que investiguen. Y para no perder costumbre acompaño mi entrada con una canción.

 "Ella siempre mira hacia delante, él jamás mira hacia atrás"

martes, 10 de septiembre de 2013

Sobre la amistad



Desde hace algunos años (siempre volátiles en mi memoria) hallo en mí la tendencia inevitable de leer varios libros al mismo tiempo. Mi conclusión o, mejor dicho, diagnóstico con respecto al asunto es el siguiente: una fuerza motriz, ora extraña y recelosa, ora familiar y placentera, empuja mi mente a alimentarse con nuevas y retadoras ideas en un intento de disminuir la ignorancia que me envuelve y los olvidos que me torturan. Comento todo esto en aras de aclarar las condiciones que fraguaron mi reflexión sobre el tema del presente post: la condición psicológica, emocional y filosófica que guarda el fenómeno 'amistad'.1


Precisamente, los tres libros que en la actualidad estoy siguiendo –cuan pichón sediento de vuelo– aluden a la cuestión de la amistad central o colateralmente. Hablo de (1) "Sobre la amistad" de Pedro Laín Entralgo, (2) "Las doctrinas existencialistas" de Regis Jolivet y, por último, (3) "El camino del Zen" de Allan Watts. Puesto que tres son, como puede observarse, las obras indagadas, tres van a ser los párrafos seleccionados para el desarrollo de las reflexiones objeto de estudio. En cuanto al procedimiento se refiere, presentaremos primeramente los textos por separado de cada libro para, despacito pero con buena letra, desglosar las reflexiones que a raíz de ellos se tercien. Con posterioridad, se establecerán las relaciones o comparaciones pertinentes. Vayamos por orden:

(1) El libro "Sobre la amistad" de Pedro Laín Entralgo2 nos dice:

<<La verdad es que en cualquier amistad particular uno es amigo de algo que no se realiza íntegra y acabadamente en el individuo humano a que él llama “amigo”. Si lo amistoso –esto es: aquello que es capaz de suscitar nuestra amistad– se realizase en un amigo de manera íntegra y acabada, en él se saciaría del todo y para siempre nuestro apetito de amistad.>> (p. 36)



Veamos. En este párrafo varias son las consideraciones a tener en cuenta: por un lado, que la relación de amistad se establece en un marco circunstancial –o psico-emocional– que supera o va más allá de lo puramente semejante. Es decir, la condición de amistad no radica –por lo menos, no únicamente– en la relación de “lo semejante con lo semejante”, sino más bien en la atracción por lo diferente o carente; sería, entonces, un correlato de “la diferencia con la diferencia”. En este sentido, lo que nos mueve a relacionarnos con determinadas personas y a establecer, pues, vínculos amistosos son las diversidades que nos complementan3. Ahora bien, una podría decir, por otro lado, que el complejo y vasto tapiz de la amistad no se teje solamente con el “hilo de las diferencias”, también requiere el “hilo de las semejanzas”, esto es, la familiaridad espontánea con la naturaleza de la otredad.

Cabe decir, en virtud de la diferencia que nos complementa, que lo carente en nosotros puede verse paliado por la relación con el otro, por lo que, consecuentemente, puede afirmarse que existe una condición de reciprocidad subyacente tanto en las semejanzas –donde es más explícito– como en las diferencias. Lo que sería menester resaltar con todo ello es, en definitiva, que las diferencias que un individuo halle en su congénere pueden causar satisfacción por dos razones: bien por la posibilidad de desarrollar la peculiaridad ajena en nosotros mismos a través de un ejercicio de mimetismo o empatía con “el otro”, bien por el mero place de contemplar benévolamente en el amigo lo que uno no posee.

A este respecto, me gustaría subrayar una última idea ya que, si bien lo que nos motiva a relacionarnos con los demás es aquello que nosotros no somos y aspiramos ser, considero que la construcción de amistades sanas conlleva –en mayor o menor medida– la aceptación de una diferencia que, pudiéndose o no integrar en nosotros mismos, el otro representa de forma vitalmente enriquecedora.

(2) Por otro lado, en "Las doctrinas existencialistas", de Regis Jolivet, encontramos lo siguiente:

<< (…) “estar delante de otro como una elección viviente”, y esperar del otro la misma respuesta y la misma libertad, condicionando una elección que le hace a su vez un “sujeto”. Toda relación de influencia es, pues, necesariamente del tipo “tú” y “yo”. (…) “Comunicar con otro es hacerle existir. Pero hacerle existir es también hacerse existir a sí mismo”. (…) Cada uno (…) abunda en su propia personalidad en la misma medida en que acoge la del otro y se abre a su llamada. Aquí la distancia es acercamiento; el intervalo es contacto; la dualidad es unidad, y la unidad, distinción.>> (p. 56)

Autor: Klimt, El abrazo.

Además del carácter poético que se respira al leer el texto, de nuevo, aparece la noción constitutiva de la amistad basada en el reconocimiento del otro, esto es, de una otredad que se erige como condición de posibilidad de lo que somos. En otras palabras, en tanto que el otro me reconoce, yo existo, y viceversa; en la medida en que yo existo, el otro se da a conocer como sujeto distinto de lo que yo –también como sujeto humano– soy4. Puesto que se trata de un estado de reciprocidad, “hacerle existir es también hacerse existir a sí mismo”. Otra idea a destacar del texto es que esa propiedad de la amistad que supone hacer del otro alguien reconocible e identificable se manifiesta, como requisito indispensable, en la comunicación. “Comunicar con otro es hacerle existir” y, por tanto, el diálogo –amable, habremos de añadir– aparece como elemento consustancial de la relación amistosa.

Paralelamente, cabe hacer hincapié en un fundamento de la amistad esencial: la elección. “Estar delante del otro como una elección viviente”, dice Kierkegaard. Nosotros elegimos quiénes conformarán el círculo de amistad que nos circunda y envuelve día tras día; he aquí el componente de la libertad. Puesto que, si bien no tenemos la potestad de elegir a nuestros familiares, gozamos del privilegio de elegir a nuestros amigos, elijamos, a poder ser, bien. Siguiendo esta idea, y más allá del aprendizaje que una “anómala” elección pueda conllevar, les animo a que construyan amistades de tal forma que cada uno ahonde “en su propia personalidad en la misma medida en que [sea acogida] la del otro”.

(3) Por último, de "El camino del Zen" de Allan Watts, destacamos:

<<Pero las convenciones que rigen la identidad humana son más sutiles y mucho menos patentes (…). Aprendemos cabalmente, aunque de modo mucho menos explícito, a identificarnos con una concepción igualmente convencional de “yo mismo”. Porque el “yo” o “persona” convencional se compone principalmente de una historia que consiste en una selección de recuerdos y que comienza con el momento del parto. Según la convención, yo no soy simplemente lo que estoy haciendo ahora. Soy también lo que he hecho, y esa convención de una versión que hace que mi pasado casi parezca ser mi “yo” real más que lo que yo estoy haciendo en este momento. En efecto, lo que “soy” parece ser fugaz e intangible, pero lo que “fui” es algo fijo y definitivo. Es la base firme para predecir lo que seré en el futuro, y así resulta que estoy más íntimamente identificado con lo que ya no existe que con lo que realmente es.>> (p. 12).


Si bien, como puede constatarse, los textos anteriores aludían a lo que la amistad es o puede llegar a ser, el texto de Watts queda destinado enteramente al “yo”. Dado que la amistad, viendo lo visto, emerge de la interacción entre dos o más seres, esto es, se fundamenta en varios “yo”, la magnitud “yo” merece una mención especial, genuinamente distintiva.

Lo que se quiere poner de manifiesto, a nuestro entender, en las palabras iniciales de “El camino del Zen” es que el “yo” es un producto social y, como tal, deriva de una serie construcciones convencionales. Dejando a un lado los debates concernientes a la realidad ontológica5 del “yo” o los “yoes” (palabra inventada), no podemos negar que la identidad del yo, es decir, lo que a éste le define, presenta un conjunto de atributos propios de la cultura: hombre/mujer, hermano/madre, heterosexual/homosexual, sano/enfermo, casado/soltero, trabajador/estudiante, alegre/triste, simpático/antipático, rico/pobre, por citar algunos ejemplos. Podrá comprobarse, con todo, que allá donde algunos atributos son forjados sobre la base de unas determinadas condiciones fisiológicas, otros se confeccionan a partir de estados sociales, sin olvidar aquellos que se fundamentan en la retroalimentación de lo social con lo fisiológico (hablamos del ámbito psico-emocional concretamente).

Ahora bien, lo que con estas consideraciones pretendo enfatizar es que esa construcción del “yo” –que, recordemos, es la unidad básica constituyente de la amistad– es generada y, por tanto, corresponde a unas normas sociales de significación, regulación y conocimiento del mundo delimitadas. Es una configuración de lo que somos arraigada, en el caso de la tradición Occidental, al pasado: “resulta que estoy más íntimamente identificado con lo que ya no existe que con lo que realmente es”. Y yo me pregunto: ¿hasta cuándo, queridas amigas, hemos de ser tratadas, vistas, juzgadas –cultural, psicológica o emocionalmente– por aquello que fuimos o hicimos en el pasado?, ¿es “lo que ha sido” el tiempo más importante de nuestra vida?, ¿es más relevante “lo que será” en esta existencia que nos sostiene? Porque, si nos acercamos al nódulo de la cuestión, como tan afamadamente se oye por “ahí”, sólo existe el presente; pasado y futuro, en consecuencia, no dejan de ser un cúmulo de recuerdos y un amasijo de expectativas respectivamente, planteadas siempre desde un momento presente.

Con todo ello quiero transmitir, apreciadas merodeadoras, que el ejercicio vital más arduo con el que quizás una pueda toparse (“ataraxias” a un rincón) es aquel relativo a la suspensión de juicios –pasados–. La realidad, ciertamente, parece perder frescura con la telañara de nuestro pensamiento: ni el sonido del agua caída se oye tan nítidamente, ni el verdor de la hoja encandila tanto en su brillantez, ni la mirada del amigo es tan sincera. Y no es poesía de lo que aquí hablo, o creo hablar. Sé que liberarse de todo prejuicio y, mejor aún, de todo juicio o experiencia pasada es harto difícil; pero, para algunos, la asunción del momento presente desde un estado psico-emocional abierto se torna imprescindible para la construcción de identidades personales sanas y, en consecuencia, de relaciones interpersonales fructíferas. Téngase en consideración que no hablo de una renegación del pasado, sino, más bien, de un respeto al presente, a lo que somos y a lo que podremos ser, libres de los yugos que el pasado y otros puedan hacernos lastrar.

Sin más, un abrazo repleto (se rebosa) de buena amistad.

JZRP





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1 Claro está, sin embargo, que en un modesto enlace como el presente es imposible abordar con totalidad la pluralidad de estas condiciones de las que hablamos. A este respecto, el libro de P. Laín Entralgo es, cuanto menos, una obra en plenitud dedicada a la dimensión filosófica de la amistad (325 páginas).

2 Llegados a este punto, no puedo más que permanecer en la dulce tesitura de quien se muestra agradecida por la forma en la que este libro ha llegado a su regazo: gracias querida, amiga, compañera, adepta, cómplice, Adassa; por adquirir este libro a modo de brindis dada la “bonita y sana” (palabras tuyas escritas) amistad que todas las merodeadoras profesamos.

3 Esta noción sobre la tendencia a perseguir aquello de lo que uno carece pero que, sin embargo, aparece en potencia como lo que uno puede poseer, queda muy bien reflejado, acorde con P. Laín Entralgo, en las consideraciones platónicas sobre la “phília” y el “érôs”. Así pues, para el filósofo griego la “phília” (amor fraterno, amistoso) –como el “érôs” (amor romántico) viene a ser aquel impulso por el cual la especie humana se mueve hacia su plenitud; primero, en comunión con su alma amiga y, segundo y como consecuencia de ello, en la retoma de su propia naturaleza originaria (arkhaía physis). Coherentemente, en palabras de Platón, la amistad supone “la perfección de la naturaleza humana en las individualizaciones de esa naturaleza que son los amigos” (cita en `Sobre la amistad´, p. 37).

4 La denominada Teoría de la Mente (ToM), ya comentada en otros enlaces anteriores, se basa, precisamente, en el reconocimiento de las diferencias –corporales, psicológicas, emocionales,…– para determinar la posibilidad de atribuir estados mentales a personas ajenas. Así pues, “yo” soy “yo” en la medida en que “tú” eres “tú”, individuo separado (al menos perceptiblemente) de mí y, por tanto, independiente de lo que yo soy. Téngase en cuenta que hasta los tres años, aproximadamente, el ser humano no es capaz de entrever los estados mentales o emocionales de los demás, sencillamente, porque tampoco es capaz de captar el entramado psico-emocional que le es propio (de ahí que los niños/as se refieran a ellos mismos casi siempre en tercera persona, en vez de en primera).

5 Puede entenderse, en concordancia con la definición del diccionario filosófico de Ferrater Mora (1983), laontología” como el estudio del “Ser” propiamente dicho; del ser en cuanto ser manifiesto (existencia) o, también, del ser como fundamento del cual parte el resto de cosas (esencia).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hechas de otra pasta.

Buceando por el infinito mundo de Youtube, por una serie de circunstancias me dio por ver vídeos de mujeres consideradas como luchadoras tanto por su vida privada como musicalmente. Ello  me llevó a darme cuenta de que aquellas cantantes de entonces, de ahora y de siempre están hechas de otra pasta. 

Todo lo que ellas aportaron y aportan, está siendo muy imitado actualmente, y la ignorancia de los nuevos fans hace que las cantantes de ahora sean más grandes gracias a la imitación.

La primera por la que voy a comenzar es por la gran Tina Turner. He de reconocer que nunca me ha llenado las canciones que siempre se recuerdan de ella. Si bien, investigando más sobre su vida y viendo vídeos de ella en directo, supo atraparme a esta altura de mi vida. 

Es un vídeo de un directo de ella cantando Proud Mary (su versión de este mítico tema de Cledence Clearwater Revival) que la hiciera muy popular en su momento.

La edad es algo, que muchas veces nos tortura a las mujeres, igual nos lo tomamos como un signo inevitable de debilidad ante la vida (otra típica diferencia con el paso de los años de los hombres) Pues bien, en este caso quiero decir que en el siguiente vídeo la gran Tina tenía 43 años, y lo digo como algo positivo porque se ve a simple vista que es una persona llena de energía, sensualidad natural y originalidad, que más quisieran algunos con esa edad. ¿No recuerda a alguien muy conocida actualmente?





Y aquí está la misma canción en 2009, con tan sólo 70 años, lo cual es un ejemplo de que el paso del tiempo no quiere decir que no puedas seguir siendo tú, tu esencia y tu energía.




Por otro lado, nos encontramos a la galesa Shirley Bassey, cuya voz tiene el poder de erizar los pelitos en tan solo un segundo. Ella fue la encargada de poner el chorro de voz a la canción Goldfinger (aunque no fue la única canción para la que prestó su voz para la saga de James Bond; casualmente la gran Tina en el 1996 cantó  Golden Eye para la banda sonora de ésta misma)

En el siguiente vídeo de 1973, se puede ver que a Shirley Bassey sólo le hace falta su gran voz y su manos para transmitir su historia y su sensualidad.



En la gala de los Oscar de 2013, se celebró el 50 aniversario de la primera película de James Bond, aunque no me termine de convencerme esta saga por el tratamiento que tienen con las mujeres (tema aparte) eso no quita para que tengan grandes canciones. Aquí vemos como Shirley Bassey con 76 años sigue transmitiendo con su gran voz.


En cuanto a Gloria Gaynor, la verdad que no se mucho de ella. Si bien, me basta con saber qué significa una mítica canción de ella, ultraescuchada hasta la saciedad, pues transmite un mensaje de dignidad y amor por una misma con una sóla canción.


Por último, finalizo con esta otra grande de la música: Janis Joplin, la que fuera artífice de la mítica frase " hago el amor con 25.000 personas en el escenario y luego vuelvo a casa sola". Fue un símbolo de liberación para la mujer, de fortaleza, de cómo desquitarse de mandatos y represiones morales y sociales que existían en la década de los 60 hacia la mujer. Las mujeres de la época la veían como un ejemplo. Sin embargo, en su vida ella buscaba aceptación, comprensión y que la quisieran, lo cual no encontró. Intentó llenar su vacío de muchas maneras...y se nos fue.

A mi esta cantante me produce tanta ternura... me hubiera gustado estar a su lado y decirle: no estás sola, Janis.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Los muertos vivientes (el cómic)



La primera vez que me recomendaron los muertos vivientes, hace más de dos años y medio, pensé “¿zombies en un cómic?, no tiene buena pinta”. “Prefiero seguir con Sandman” contesté mientras lanzaba una mirada de confusión y desconfianza a la obra de Robert Kirkman.

Sin embargo, parece que tenía que leer esta maravillosa obra porque volvió a mí mucho más tarde, y como no quería desafiar al universo y su manera no muy sutil de mandarme mensajes y señales, le hice caso y me puse a leer el primer número.
No estuvo mal, me gustó, se leía rápido y pronto descubrí que Kirkman utiliza increíblemente bien los cliffhanger. Enamora al lector y consigue que la lectura del siguiente número se produzca inmediatamente.

Tras mi experiencia con los primeros cinco números ya estaba oficialmente encandilada por la historia y procedí a leer los 16 siguientes en apenas dos semanas. Creo que gracias a mis esfuerzos de autocontrol y de postergación del placer, me duraron tanto, porque bien podría haberlos leído todos en unos días…

Entremos al trapo y veamos de qué va esta magnífica historia.

viernes, 9 de agosto de 2013

Diálogos merodeadores (I): experiencia, sensibilidad y juicio de valor



Las Nuevas Tecnologías y el tiempo libre se conjugan en verano como dos espacios de reposo unidos por la constelación "amistad". Un ejemplo de ello lo constituyen las diversas conversaciones soslayadas por los rincones incautos de nuestro mapa-mundo merodeador, conversaciones fruto del interés y la pasión por compartir lo que la sesera y el corazón a veces aguardan.

Imagen: Las tres gracias (Rubens)

Si revisamos la memoria del "giratiempo" que nos ha acompañado en los últimos días, tres son las temáticas en torno a las cuales han gravitado nuestros diálogos:

1) La relación entre experiencia, sensibilidad y juicio de valor; con la sagaz merodeadora Yurena.

2) La correspondencia entre las sensibilidades musicales y el estado emocional; con la lucidez nocturna de la merodeadora Adassa.

3) Apreciación estética, personalidad y vestimenta adolescente: un ejercicio de retrospección; con la afabilidad de la merodeadora Rebeca.

Puesto que cada uno de estos temas posee un nódulo conceptual común –aquel relativo a los juicios estéticos y sensibilidades–, considero oportuno dedicar un post (o los que sean necesarios) a la reflexión que a raíz de ellos se genera. Empecemos por el punto 1 (la relación entre experiencia, sensibilidad y juicio de valor).

Imagen surrealista de Salvador Dalí

Un debate de importancia significativa que concierne tanto a los fundamentos teóricos de la estética filosófica como a los postulados de la denominada Psicología de la Gestalt es aquel relativo a los juicios de valor derivados de las percepciones y experiencias “sujeto-objeto”. Estableciendo una diferenciación entre la “sensación” –entendida como la entrada de información sensorial en nuestro organismo– y la “percepción” –concebida como el procesamiento cognitivo que se ejecuta en nuestro cerebro correlativamente a la adquisición de “material sensorial”– podemos decir que, si bien en ambos procesos se requiere la función cognitiva atencional, sólo en la percepción están implicados mecanismos cognitivos complejos tales como la memoria, el razonamiento, la imaginación o la inteligencia.

A la hora de llevar a cabo un “juicio de valor”, esto es, la articulación de un enunciado que contenga valoraciones u opiniones concretas que estimen o desestimen un concepto, objeto o hecho, diversos elementos cognoscitivos se activan. Si aceptamos que la cualidad lógica y relacional de dichos elementos depende del componente perceptivo, es decir, de los procesos de asimilación, integración y canalización de la información adquirida, podríamos aceptar que la “experiencia” se torna condimento indispensable para la confección de cualquier juicio de valor.

Dadas estas consideraciones, cabe aludir a las siguientes cuestiones: (1) ¿hasta qué punto la experiencia o, en otras palabras, la interacción sujeto-mundo determina la fortaleza y validez de los juicios de valor?; (2) ¿de qué manera la experiencia inmediata con un sujeto u objeto es directamente proporcional a una mayor sensibilidad artística, estética o afectiva con respecto al mismo? Para responder estas preguntas es menester atender qué componentes han conformado la temática objeto de análisis en nuestro debate merodeador:

Por un lado, tenemos una película, producto cultural u obra de arte que suscita unas reacciones físico-químicas autónomas –emociones– a la par que unas consideraciones lógico-cognitivas intencionadas –reflexiones–; por otro lado, hallamos unos juicios de valor derivados de ambas reacciones o respuestas –emocionales y mentales–. Sin intención de establecer una relación dicotómica irresoluble entre “razón-emoción” (sobre la cual Antonio Damasio ha ofrecido información extraordinariamente relevante y, de cierta manera, “copernicana”), pasaremos a observar de qué manera estos componentes se articulan en una serie de dimensiones que conviene tomar en consideración:

a) La dimensión concerniente a los juicios de valor (predominancia de lo cognitivo-lógico-racional).
b) La dimensión referente a la sensibilidad estética-emocional (predominancia de lo afectivo-emocional).
c) La dimensión relativa a la experiencia (aspecto fáctico).

Si bien se puede decir que cada una de las dimensiones se ve influenciada por la anterior, es decir, la última (c) fundamenta las dos primeras y, a su vez, la segunda incide notablemente sobre la primera, cabe aceptar una condición bidireccional que forja imbricadamente la retroalimentación de dicha triada dimensional. Llegados a este punto, estimamos oportuno –siguiendo a Kant– realizar una diferenciación entre el juicio lógico y el juicio estético; este último, en contraste con el primero, no aporta conocimiento sobre el objeto en cuestión ni se apoya, en el caso de la belleza, en ningún fundamento de interés relativo al sujeto o al objeto. Veamos lo que nos dice Wikipedia al respecto:

“Kant determina tres tipos de complacencias: la de lo agradable, que es aquel tipo de obra que simplemente deleita, la de lo bueno, que es estimado bajo valor objetivo con atributos ajenos al juicio desinteresado, y lo bello como aquello que place. Sólo lo bello entra en el ámbito del auténtico juicio estético, pues es una complacencia desinteresada y libre, sin reposar en interés alguno, ni el de los sentidos, ni el de la razón, ni el de la fuerza de aprobación.”

Imagen: Inmanuel Kant

En concordancia con nuestros análisis, podríamos decir que la conmoción correlativa al juicio estético entroncaría con la denominada “sensibilización”, esto es, la cualidad pura y cruenta de mimetizarnos con el producto artístico o, al menos, percibir en nosotros un sentimiento de apreciación o belleza ajeno –en principio– a los filtros del razonamiento consciente1. Teniendo en cuenta, por un lado, que la “belleza libre” se diferencia de la “belleza adherente” en la indeterminación conceptual del juicio emitido –de modo que esta última sería dependiente del concepto o fin del objeto sentido/percibido2–, y tomando en consideración, por otro lado, que la experiencia (vivencia y memorización de un hecho) implica cierto procesamiento lógico de la información, cabe estimar que la sensibilidad “desnuda” de conceptos referente a una obra de arte puede situarse más allá de una correlación necesaria con la existencia/ausencia de una determinada experiencia.

Siguiendo la línea de estos razonamientos, consideramos oportuno recurrir a Locke y su noción de “ideas”: si bien las “ideas simples” acaecen en y desde la mente por la afección de los sentidos, “las ideas complejas”, sin embargo, operan a un nivel que supera la condición limítrofe de los datos sensoriales. En este sentido, el potencial cognoscitivo de estas últimas quedaría desembarazado de toda delimitación sensorial, posibilitando la creación de ideas “sui géneris” desde las fértiles tierras del neocórtex. Por su parte, la propia Psicología de la Gestalt, en la medida en que propugna que el “todo” mental (la figura o “gestalt” en alemán) no se reduce a la suma de sus partes (las percepciones serían, por tanto, algo más que un cómputo infinitesimal de interacciones entre quarks y leptones), también pondría en evidencia el carácter protagónico de la cognición en la construcción del conocimiento, por lo que la “exterioridad del mundo” tomaría una morfología antrópica en la mente humana que la supera o trasciende3.

Imagen manifiesta versus imagen física

Todo ello tornaría plausible la reflexión sobre la “autonomía” relativa que nuestros juicios estéticos, percepciones y razonamientos podrían tener con respecto a la realidad física externa. Retomando la temática objeto de estudio, consideramos que en el caso de los juicios estéticos y las sensibilidades artístico-afectivas la determinación experiencial se volvería aún más ininteligible [que en los juicios lógicos], siendo la imaginación y el entendimiento –como apunta Kant– elementos constituyentes fundamentales. Lo que pretendemos transmitir con estas reflexiones es que, dada la complejidad de todo procesamiento perceptivo, el entramado causal que impulsa a un sujeto a sentir o determinar la belleza de un acontecimiento o producto cultural es múltiple, por lo que asociar de manera monocausal e inequívoca la sensibilidad o el juicio estético con la presencia/ausencia de una experiencia concreta no resultaría del todo consistente.

Si bien los análisis hasta ahora expuestos nos invitan a plantearnos la relativa independencia causal entre “el mundo manifiesto” y “el mundo percibido”, más concretamente considerando la correlación entre la apreciación estética (sensibilización) y el número o carácter de las experiencias adquiridas con respecto al objeto/hecho en cuestión, a continuación reflexionaremos brevemente sobre la relación sensibilidad-juicio de valor. Siguiendo la misma lógica de los postulados anteriores podríamos decir que, a diferencia de la sensibilidad, el grado de certeza de un juicio de valor dependería mayormente del grado de conocimiento que se posea sobre un producto cultural, y no tanto de la intensidad sensitiva evocada por dicho objeto. He ahí la importancia que supone diferenciar primeramente el carácter constitutivo de las distintas dimensiones estudiadas (juicios lógicos o de valor, sensibilidad estética y realización fáctica).

A modo de conclusión, sin ánimo de caer en excesos o defectos informativos4, cabe resaltar que las consideraciones aquí soslayadas han pretendido, a grandes rasgos, analizar críticamente tanto la relación experiencia-sensibilidad como las relaciones de causalidad sensibilidad-juicio de valor. Ello ha supuesto tener en cuenta, por una parte, que la experiencia directa (recopilación sensorial) no debe ser considerada descuidadamente elemento totalizador, inequívoco o absoluto en la definición de las sensibilidades artísticas y, por otro parte, que estas últimas tampoco determinan incondicionalmente la validez de los juicios de valor. El “quid” de la cuestión radica, a nuestro entender, en tomar consciencia sobre la complejidad de las relaciones sujeto-objeto/mundo, así como de las sensibilidades, formas de conocimientos y juicios que se derivan de dichas experiencias.

JZRP

1 Cabe enfatizar que allá donde el juicio lógico está dirigido, principalmente, hacia el objeto (digamos, hacia las cualidades “objetivas” del mismo), el juicio estético estaría mayormente fundado y referido a las cualidades subjetivas, siendo el principal punto de reflexión o estudio el sujeto propiamente dicho. De ahí que Kant comente:

“Para distinguir si algo es bello o no, no referimos la representación mediante el entendimiento al objeto, con fines cognoscitivos, sino que a través de la imaginación (quizá unida con el entendimiento) la referimos al sujeto y al sentimiento de agrado o desagrado. Así pues, el juicio de gusto no es un juicio de conocimiento y, por tanto, no debe considerarse como lógico, sino que es estético, entendiendo bajo tal denominación aquello cuyo fundamento determinante no puede ser sino subjetivo.” (CJ, 3ss.).

2 Nuestros análisis se desviarían hacia otros derroteros –eminentemente pantanosos, aunque no por ello menos atractivos– si abordamos la cuestión concerniente a la posibilidad/imposibilidad de independencia “lógica” de los juicios estéticos en tanto que expresiones discursivas.

3 La posición por la cual el ser humano se concibe como ser determinante en la configuración o modo de “aparecer” del mundo exterior supone uno de los debates más suculentos de la epistemología filosófica (si procede, dedicaremos alguna entrada a ello).

4  Estimamos necesario subrayar que las consideraciones que aquí se realizan poseen un carácter breve y sucinto que, la mayor de las veces, no hace justicia a la profundidad de los debates existentes y dedicados a esta temática. Téngase en cuenta, por tanto, que lo aquí escrito no pretende ser algo más que una reflexión informal sobre temáticas de interés variadas, siempre abiertas a discusión, rectificación y debate.


viernes, 2 de agosto de 2013

Maus. La historia del holocausto protagonizada por ratones y gatos.


En mi segunda entrada quiero compartir con ustedes mis queridas merodeadoras, un cómic que apareció en mi vida hace ya unos cuantos años y cuya lectura tenía pendiente. Tras rescatarlo de mi estantería me arrepiento profundamente de no haberlo leído hace tiempo :).

Acercarse al delicado y espinoso tema del holocausto a través de animales como gatos, ratones, perros y cerdos puede parecer cómico e incluso carente de seriedad, pero nada más lejos de la realidad. Maus es un cómic profundamente áspero, riguroso y duro.
Relata la historia del padre de Art Spiegelman (el autor del cómic), Vladek Spiegelman, un judío polaco superviviente del Holocausto. Aunque el relato no se queda ahí, nos cuenta cómo es Vladek en la actualidad, se adentra en la psicología de este controvertido personaje, una persona tacaña, manipuladora y complicada de tratar.