martes, 10 de septiembre de 2013

Sobre la amistad



Desde hace algunos años (siempre volátiles en mi memoria) hallo en mí la tendencia inevitable de leer varios libros al mismo tiempo. Mi conclusión o, mejor dicho, diagnóstico con respecto al asunto es el siguiente: una fuerza motriz, ora extraña y recelosa, ora familiar y placentera, empuja mi mente a alimentarse con nuevas y retadoras ideas en un intento de disminuir la ignorancia que me envuelve y los olvidos que me torturan. Comento todo esto en aras de aclarar las condiciones que fraguaron mi reflexión sobre el tema del presente post: la condición psicológica, emocional y filosófica que guarda el fenómeno 'amistad'.1


Precisamente, los tres libros que en la actualidad estoy siguiendo –cuan pichón sediento de vuelo– aluden a la cuestión de la amistad central o colateralmente. Hablo de (1) "Sobre la amistad" de Pedro Laín Entralgo, (2) "Las doctrinas existencialistas" de Regis Jolivet y, por último, (3) "El camino del Zen" de Allan Watts. Puesto que tres son, como puede observarse, las obras indagadas, tres van a ser los párrafos seleccionados para el desarrollo de las reflexiones objeto de estudio. En cuanto al procedimiento se refiere, presentaremos primeramente los textos por separado de cada libro para, despacito pero con buena letra, desglosar las reflexiones que a raíz de ellos se tercien. Con posterioridad, se establecerán las relaciones o comparaciones pertinentes. Vayamos por orden:

(1) El libro "Sobre la amistad" de Pedro Laín Entralgo2 nos dice:

<<La verdad es que en cualquier amistad particular uno es amigo de algo que no se realiza íntegra y acabadamente en el individuo humano a que él llama “amigo”. Si lo amistoso –esto es: aquello que es capaz de suscitar nuestra amistad– se realizase en un amigo de manera íntegra y acabada, en él se saciaría del todo y para siempre nuestro apetito de amistad.>> (p. 36)



Veamos. En este párrafo varias son las consideraciones a tener en cuenta: por un lado, que la relación de amistad se establece en un marco circunstancial –o psico-emocional– que supera o va más allá de lo puramente semejante. Es decir, la condición de amistad no radica –por lo menos, no únicamente– en la relación de “lo semejante con lo semejante”, sino más bien en la atracción por lo diferente o carente; sería, entonces, un correlato de “la diferencia con la diferencia”. En este sentido, lo que nos mueve a relacionarnos con determinadas personas y a establecer, pues, vínculos amistosos son las diversidades que nos complementan3. Ahora bien, una podría decir, por otro lado, que el complejo y vasto tapiz de la amistad no se teje solamente con el “hilo de las diferencias”, también requiere el “hilo de las semejanzas”, esto es, la familiaridad espontánea con la naturaleza de la otredad.

Cabe decir, en virtud de la diferencia que nos complementa, que lo carente en nosotros puede verse paliado por la relación con el otro, por lo que, consecuentemente, puede afirmarse que existe una condición de reciprocidad subyacente tanto en las semejanzas –donde es más explícito– como en las diferencias. Lo que sería menester resaltar con todo ello es, en definitiva, que las diferencias que un individuo halle en su congénere pueden causar satisfacción por dos razones: bien por la posibilidad de desarrollar la peculiaridad ajena en nosotros mismos a través de un ejercicio de mimetismo o empatía con “el otro”, bien por el mero place de contemplar benévolamente en el amigo lo que uno no posee.

A este respecto, me gustaría subrayar una última idea ya que, si bien lo que nos motiva a relacionarnos con los demás es aquello que nosotros no somos y aspiramos ser, considero que la construcción de amistades sanas conlleva –en mayor o menor medida– la aceptación de una diferencia que, pudiéndose o no integrar en nosotros mismos, el otro representa de forma vitalmente enriquecedora.

(2) Por otro lado, en "Las doctrinas existencialistas", de Regis Jolivet, encontramos lo siguiente:

<< (…) “estar delante de otro como una elección viviente”, y esperar del otro la misma respuesta y la misma libertad, condicionando una elección que le hace a su vez un “sujeto”. Toda relación de influencia es, pues, necesariamente del tipo “tú” y “yo”. (…) “Comunicar con otro es hacerle existir. Pero hacerle existir es también hacerse existir a sí mismo”. (…) Cada uno (…) abunda en su propia personalidad en la misma medida en que acoge la del otro y se abre a su llamada. Aquí la distancia es acercamiento; el intervalo es contacto; la dualidad es unidad, y la unidad, distinción.>> (p. 56)

Autor: Klimt, El abrazo.

Además del carácter poético que se respira al leer el texto, de nuevo, aparece la noción constitutiva de la amistad basada en el reconocimiento del otro, esto es, de una otredad que se erige como condición de posibilidad de lo que somos. En otras palabras, en tanto que el otro me reconoce, yo existo, y viceversa; en la medida en que yo existo, el otro se da a conocer como sujeto distinto de lo que yo –también como sujeto humano– soy4. Puesto que se trata de un estado de reciprocidad, “hacerle existir es también hacerse existir a sí mismo”. Otra idea a destacar del texto es que esa propiedad de la amistad que supone hacer del otro alguien reconocible e identificable se manifiesta, como requisito indispensable, en la comunicación. “Comunicar con otro es hacerle existir” y, por tanto, el diálogo –amable, habremos de añadir– aparece como elemento consustancial de la relación amistosa.

Paralelamente, cabe hacer hincapié en un fundamento de la amistad esencial: la elección. “Estar delante del otro como una elección viviente”, dice Kierkegaard. Nosotros elegimos quiénes conformarán el círculo de amistad que nos circunda y envuelve día tras día; he aquí el componente de la libertad. Puesto que, si bien no tenemos la potestad de elegir a nuestros familiares, gozamos del privilegio de elegir a nuestros amigos, elijamos, a poder ser, bien. Siguiendo esta idea, y más allá del aprendizaje que una “anómala” elección pueda conllevar, les animo a que construyan amistades de tal forma que cada uno ahonde “en su propia personalidad en la misma medida en que [sea acogida] la del otro”.

(3) Por último, de "El camino del Zen" de Allan Watts, destacamos:

<<Pero las convenciones que rigen la identidad humana son más sutiles y mucho menos patentes (…). Aprendemos cabalmente, aunque de modo mucho menos explícito, a identificarnos con una concepción igualmente convencional de “yo mismo”. Porque el “yo” o “persona” convencional se compone principalmente de una historia que consiste en una selección de recuerdos y que comienza con el momento del parto. Según la convención, yo no soy simplemente lo que estoy haciendo ahora. Soy también lo que he hecho, y esa convención de una versión que hace que mi pasado casi parezca ser mi “yo” real más que lo que yo estoy haciendo en este momento. En efecto, lo que “soy” parece ser fugaz e intangible, pero lo que “fui” es algo fijo y definitivo. Es la base firme para predecir lo que seré en el futuro, y así resulta que estoy más íntimamente identificado con lo que ya no existe que con lo que realmente es.>> (p. 12).


Si bien, como puede constatarse, los textos anteriores aludían a lo que la amistad es o puede llegar a ser, el texto de Watts queda destinado enteramente al “yo”. Dado que la amistad, viendo lo visto, emerge de la interacción entre dos o más seres, esto es, se fundamenta en varios “yo”, la magnitud “yo” merece una mención especial, genuinamente distintiva.

Lo que se quiere poner de manifiesto, a nuestro entender, en las palabras iniciales de “El camino del Zen” es que el “yo” es un producto social y, como tal, deriva de una serie construcciones convencionales. Dejando a un lado los debates concernientes a la realidad ontológica5 del “yo” o los “yoes” (palabra inventada), no podemos negar que la identidad del yo, es decir, lo que a éste le define, presenta un conjunto de atributos propios de la cultura: hombre/mujer, hermano/madre, heterosexual/homosexual, sano/enfermo, casado/soltero, trabajador/estudiante, alegre/triste, simpático/antipático, rico/pobre, por citar algunos ejemplos. Podrá comprobarse, con todo, que allá donde algunos atributos son forjados sobre la base de unas determinadas condiciones fisiológicas, otros se confeccionan a partir de estados sociales, sin olvidar aquellos que se fundamentan en la retroalimentación de lo social con lo fisiológico (hablamos del ámbito psico-emocional concretamente).

Ahora bien, lo que con estas consideraciones pretendo enfatizar es que esa construcción del “yo” –que, recordemos, es la unidad básica constituyente de la amistad– es generada y, por tanto, corresponde a unas normas sociales de significación, regulación y conocimiento del mundo delimitadas. Es una configuración de lo que somos arraigada, en el caso de la tradición Occidental, al pasado: “resulta que estoy más íntimamente identificado con lo que ya no existe que con lo que realmente es”. Y yo me pregunto: ¿hasta cuándo, queridas amigas, hemos de ser tratadas, vistas, juzgadas –cultural, psicológica o emocionalmente– por aquello que fuimos o hicimos en el pasado?, ¿es “lo que ha sido” el tiempo más importante de nuestra vida?, ¿es más relevante “lo que será” en esta existencia que nos sostiene? Porque, si nos acercamos al nódulo de la cuestión, como tan afamadamente se oye por “ahí”, sólo existe el presente; pasado y futuro, en consecuencia, no dejan de ser un cúmulo de recuerdos y un amasijo de expectativas respectivamente, planteadas siempre desde un momento presente.

Con todo ello quiero transmitir, apreciadas merodeadoras, que el ejercicio vital más arduo con el que quizás una pueda toparse (“ataraxias” a un rincón) es aquel relativo a la suspensión de juicios –pasados–. La realidad, ciertamente, parece perder frescura con la telañara de nuestro pensamiento: ni el sonido del agua caída se oye tan nítidamente, ni el verdor de la hoja encandila tanto en su brillantez, ni la mirada del amigo es tan sincera. Y no es poesía de lo que aquí hablo, o creo hablar. Sé que liberarse de todo prejuicio y, mejor aún, de todo juicio o experiencia pasada es harto difícil; pero, para algunos, la asunción del momento presente desde un estado psico-emocional abierto se torna imprescindible para la construcción de identidades personales sanas y, en consecuencia, de relaciones interpersonales fructíferas. Téngase en consideración que no hablo de una renegación del pasado, sino, más bien, de un respeto al presente, a lo que somos y a lo que podremos ser, libres de los yugos que el pasado y otros puedan hacernos lastrar.

Sin más, un abrazo repleto (se rebosa) de buena amistad.

JZRP





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1 Claro está, sin embargo, que en un modesto enlace como el presente es imposible abordar con totalidad la pluralidad de estas condiciones de las que hablamos. A este respecto, el libro de P. Laín Entralgo es, cuanto menos, una obra en plenitud dedicada a la dimensión filosófica de la amistad (325 páginas).

2 Llegados a este punto, no puedo más que permanecer en la dulce tesitura de quien se muestra agradecida por la forma en la que este libro ha llegado a su regazo: gracias querida, amiga, compañera, adepta, cómplice, Adassa; por adquirir este libro a modo de brindis dada la “bonita y sana” (palabras tuyas escritas) amistad que todas las merodeadoras profesamos.

3 Esta noción sobre la tendencia a perseguir aquello de lo que uno carece pero que, sin embargo, aparece en potencia como lo que uno puede poseer, queda muy bien reflejado, acorde con P. Laín Entralgo, en las consideraciones platónicas sobre la “phília” y el “érôs”. Así pues, para el filósofo griego la “phília” (amor fraterno, amistoso) –como el “érôs” (amor romántico) viene a ser aquel impulso por el cual la especie humana se mueve hacia su plenitud; primero, en comunión con su alma amiga y, segundo y como consecuencia de ello, en la retoma de su propia naturaleza originaria (arkhaía physis). Coherentemente, en palabras de Platón, la amistad supone “la perfección de la naturaleza humana en las individualizaciones de esa naturaleza que son los amigos” (cita en `Sobre la amistad´, p. 37).

4 La denominada Teoría de la Mente (ToM), ya comentada en otros enlaces anteriores, se basa, precisamente, en el reconocimiento de las diferencias –corporales, psicológicas, emocionales,…– para determinar la posibilidad de atribuir estados mentales a personas ajenas. Así pues, “yo” soy “yo” en la medida en que “tú” eres “tú”, individuo separado (al menos perceptiblemente) de mí y, por tanto, independiente de lo que yo soy. Téngase en cuenta que hasta los tres años, aproximadamente, el ser humano no es capaz de entrever los estados mentales o emocionales de los demás, sencillamente, porque tampoco es capaz de captar el entramado psico-emocional que le es propio (de ahí que los niños/as se refieran a ellos mismos casi siempre en tercera persona, en vez de en primera).

5 Puede entenderse, en concordancia con la definición del diccionario filosófico de Ferrater Mora (1983), laontología” como el estudio del “Ser” propiamente dicho; del ser en cuanto ser manifiesto (existencia) o, también, del ser como fundamento del cual parte el resto de cosas (esencia).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hechas de otra pasta.

Buceando por el infinito mundo de Youtube, por una serie de circunstancias me dio por ver vídeos de mujeres consideradas como luchadoras tanto por su vida privada como musicalmente. Ello  me llevó a darme cuenta de que aquellas cantantes de entonces, de ahora y de siempre están hechas de otra pasta. 

Todo lo que ellas aportaron y aportan, está siendo muy imitado actualmente, y la ignorancia de los nuevos fans hace que las cantantes de ahora sean más grandes gracias a la imitación.

La primera por la que voy a comenzar es por la gran Tina Turner. He de reconocer que nunca me ha llenado las canciones que siempre se recuerdan de ella. Si bien, investigando más sobre su vida y viendo vídeos de ella en directo, supo atraparme a esta altura de mi vida. 

Es un vídeo de un directo de ella cantando Proud Mary (su versión de este mítico tema de Cledence Clearwater Revival) que la hiciera muy popular en su momento.

La edad es algo, que muchas veces nos tortura a las mujeres, igual nos lo tomamos como un signo inevitable de debilidad ante la vida (otra típica diferencia con el paso de los años de los hombres) Pues bien, en este caso quiero decir que en el siguiente vídeo la gran Tina tenía 43 años, y lo digo como algo positivo porque se ve a simple vista que es una persona llena de energía, sensualidad natural y originalidad, que más quisieran algunos con esa edad. ¿No recuerda a alguien muy conocida actualmente?





Y aquí está la misma canción en 2009, con tan sólo 70 años, lo cual es un ejemplo de que el paso del tiempo no quiere decir que no puedas seguir siendo tú, tu esencia y tu energía.




Por otro lado, nos encontramos a la galesa Shirley Bassey, cuya voz tiene el poder de erizar los pelitos en tan solo un segundo. Ella fue la encargada de poner el chorro de voz a la canción Goldfinger (aunque no fue la única canción para la que prestó su voz para la saga de James Bond; casualmente la gran Tina en el 1996 cantó  Golden Eye para la banda sonora de ésta misma)

En el siguiente vídeo de 1973, se puede ver que a Shirley Bassey sólo le hace falta su gran voz y su manos para transmitir su historia y su sensualidad.



En la gala de los Oscar de 2013, se celebró el 50 aniversario de la primera película de James Bond, aunque no me termine de convencerme esta saga por el tratamiento que tienen con las mujeres (tema aparte) eso no quita para que tengan grandes canciones. Aquí vemos como Shirley Bassey con 76 años sigue transmitiendo con su gran voz.


En cuanto a Gloria Gaynor, la verdad que no se mucho de ella. Si bien, me basta con saber qué significa una mítica canción de ella, ultraescuchada hasta la saciedad, pues transmite un mensaje de dignidad y amor por una misma con una sóla canción.


Por último, finalizo con esta otra grande de la música: Janis Joplin, la que fuera artífice de la mítica frase " hago el amor con 25.000 personas en el escenario y luego vuelvo a casa sola". Fue un símbolo de liberación para la mujer, de fortaleza, de cómo desquitarse de mandatos y represiones morales y sociales que existían en la década de los 60 hacia la mujer. Las mujeres de la época la veían como un ejemplo. Sin embargo, en su vida ella buscaba aceptación, comprensión y que la quisieran, lo cual no encontró. Intentó llenar su vacío de muchas maneras...y se nos fue.

A mi esta cantante me produce tanta ternura... me hubiera gustado estar a su lado y decirle: no estás sola, Janis.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Los muertos vivientes (el cómic)



La primera vez que me recomendaron los muertos vivientes, hace más de dos años y medio, pensé “¿zombies en un cómic?, no tiene buena pinta”. “Prefiero seguir con Sandman” contesté mientras lanzaba una mirada de confusión y desconfianza a la obra de Robert Kirkman.

Sin embargo, parece que tenía que leer esta maravillosa obra porque volvió a mí mucho más tarde, y como no quería desafiar al universo y su manera no muy sutil de mandarme mensajes y señales, le hice caso y me puse a leer el primer número.
No estuvo mal, me gustó, se leía rápido y pronto descubrí que Kirkman utiliza increíblemente bien los cliffhanger. Enamora al lector y consigue que la lectura del siguiente número se produzca inmediatamente.

Tras mi experiencia con los primeros cinco números ya estaba oficialmente encandilada por la historia y procedí a leer los 16 siguientes en apenas dos semanas. Creo que gracias a mis esfuerzos de autocontrol y de postergación del placer, me duraron tanto, porque bien podría haberlos leído todos en unos días…

Entremos al trapo y veamos de qué va esta magnífica historia.

viernes, 9 de agosto de 2013

Diálogos merodeadores (I): experiencia, sensibilidad y juicio de valor



Las Nuevas Tecnologías y el tiempo libre se conjugan en verano como dos espacios de reposo unidos por la constelación "amistad". Un ejemplo de ello lo constituyen las diversas conversaciones soslayadas por los rincones incautos de nuestro mapa-mundo merodeador, conversaciones fruto del interés y la pasión por compartir lo que la sesera y el corazón a veces aguardan.

Imagen: Las tres gracias (Rubens)

Si revisamos la memoria del "giratiempo" que nos ha acompañado en los últimos días, tres son las temáticas en torno a las cuales han gravitado nuestros diálogos:

1) La relación entre experiencia, sensibilidad y juicio de valor; con la sagaz merodeadora Yurena.

2) La correspondencia entre las sensibilidades musicales y el estado emocional; con la lucidez nocturna de la merodeadora Adassa.

3) Apreciación estética, personalidad y vestimenta adolescente: un ejercicio de retrospección; con la afabilidad de la merodeadora Rebeca.

Puesto que cada uno de estos temas posee un nódulo conceptual común –aquel relativo a los juicios estéticos y sensibilidades–, considero oportuno dedicar un post (o los que sean necesarios) a la reflexión que a raíz de ellos se genera. Empecemos por el punto 1 (la relación entre experiencia, sensibilidad y juicio de valor).

Imagen surrealista de Salvador Dalí

Un debate de importancia significativa que concierne tanto a los fundamentos teóricos de la estética filosófica como a los postulados de la denominada Psicología de la Gestalt es aquel relativo a los juicios de valor derivados de las percepciones y experiencias “sujeto-objeto”. Estableciendo una diferenciación entre la “sensación” –entendida como la entrada de información sensorial en nuestro organismo– y la “percepción” –concebida como el procesamiento cognitivo que se ejecuta en nuestro cerebro correlativamente a la adquisición de “material sensorial”– podemos decir que, si bien en ambos procesos se requiere la función cognitiva atencional, sólo en la percepción están implicados mecanismos cognitivos complejos tales como la memoria, el razonamiento, la imaginación o la inteligencia.

A la hora de llevar a cabo un “juicio de valor”, esto es, la articulación de un enunciado que contenga valoraciones u opiniones concretas que estimen o desestimen un concepto, objeto o hecho, diversos elementos cognoscitivos se activan. Si aceptamos que la cualidad lógica y relacional de dichos elementos depende del componente perceptivo, es decir, de los procesos de asimilación, integración y canalización de la información adquirida, podríamos aceptar que la “experiencia” se torna condimento indispensable para la confección de cualquier juicio de valor.

Dadas estas consideraciones, cabe aludir a las siguientes cuestiones: (1) ¿hasta qué punto la experiencia o, en otras palabras, la interacción sujeto-mundo determina la fortaleza y validez de los juicios de valor?; (2) ¿de qué manera la experiencia inmediata con un sujeto u objeto es directamente proporcional a una mayor sensibilidad artística, estética o afectiva con respecto al mismo? Para responder estas preguntas es menester atender qué componentes han conformado la temática objeto de análisis en nuestro debate merodeador:

Por un lado, tenemos una película, producto cultural u obra de arte que suscita unas reacciones físico-químicas autónomas –emociones– a la par que unas consideraciones lógico-cognitivas intencionadas –reflexiones–; por otro lado, hallamos unos juicios de valor derivados de ambas reacciones o respuestas –emocionales y mentales–. Sin intención de establecer una relación dicotómica irresoluble entre “razón-emoción” (sobre la cual Antonio Damasio ha ofrecido información extraordinariamente relevante y, de cierta manera, “copernicana”), pasaremos a observar de qué manera estos componentes se articulan en una serie de dimensiones que conviene tomar en consideración:

a) La dimensión concerniente a los juicios de valor (predominancia de lo cognitivo-lógico-racional).
b) La dimensión referente a la sensibilidad estética-emocional (predominancia de lo afectivo-emocional).
c) La dimensión relativa a la experiencia (aspecto fáctico).

Si bien se puede decir que cada una de las dimensiones se ve influenciada por la anterior, es decir, la última (c) fundamenta las dos primeras y, a su vez, la segunda incide notablemente sobre la primera, cabe aceptar una condición bidireccional que forja imbricadamente la retroalimentación de dicha triada dimensional. Llegados a este punto, estimamos oportuno –siguiendo a Kant– realizar una diferenciación entre el juicio lógico y el juicio estético; este último, en contraste con el primero, no aporta conocimiento sobre el objeto en cuestión ni se apoya, en el caso de la belleza, en ningún fundamento de interés relativo al sujeto o al objeto. Veamos lo que nos dice Wikipedia al respecto:

“Kant determina tres tipos de complacencias: la de lo agradable, que es aquel tipo de obra que simplemente deleita, la de lo bueno, que es estimado bajo valor objetivo con atributos ajenos al juicio desinteresado, y lo bello como aquello que place. Sólo lo bello entra en el ámbito del auténtico juicio estético, pues es una complacencia desinteresada y libre, sin reposar en interés alguno, ni el de los sentidos, ni el de la razón, ni el de la fuerza de aprobación.”

Imagen: Inmanuel Kant

En concordancia con nuestros análisis, podríamos decir que la conmoción correlativa al juicio estético entroncaría con la denominada “sensibilización”, esto es, la cualidad pura y cruenta de mimetizarnos con el producto artístico o, al menos, percibir en nosotros un sentimiento de apreciación o belleza ajeno –en principio– a los filtros del razonamiento consciente1. Teniendo en cuenta, por un lado, que la “belleza libre” se diferencia de la “belleza adherente” en la indeterminación conceptual del juicio emitido –de modo que esta última sería dependiente del concepto o fin del objeto sentido/percibido2–, y tomando en consideración, por otro lado, que la experiencia (vivencia y memorización de un hecho) implica cierto procesamiento lógico de la información, cabe estimar que la sensibilidad “desnuda” de conceptos referente a una obra de arte puede situarse más allá de una correlación necesaria con la existencia/ausencia de una determinada experiencia.

Siguiendo la línea de estos razonamientos, consideramos oportuno recurrir a Locke y su noción de “ideas”: si bien las “ideas simples” acaecen en y desde la mente por la afección de los sentidos, “las ideas complejas”, sin embargo, operan a un nivel que supera la condición limítrofe de los datos sensoriales. En este sentido, el potencial cognoscitivo de estas últimas quedaría desembarazado de toda delimitación sensorial, posibilitando la creación de ideas “sui géneris” desde las fértiles tierras del neocórtex. Por su parte, la propia Psicología de la Gestalt, en la medida en que propugna que el “todo” mental (la figura o “gestalt” en alemán) no se reduce a la suma de sus partes (las percepciones serían, por tanto, algo más que un cómputo infinitesimal de interacciones entre quarks y leptones), también pondría en evidencia el carácter protagónico de la cognición en la construcción del conocimiento, por lo que la “exterioridad del mundo” tomaría una morfología antrópica en la mente humana que la supera o trasciende3.

Imagen manifiesta versus imagen física

Todo ello tornaría plausible la reflexión sobre la “autonomía” relativa que nuestros juicios estéticos, percepciones y razonamientos podrían tener con respecto a la realidad física externa. Retomando la temática objeto de estudio, consideramos que en el caso de los juicios estéticos y las sensibilidades artístico-afectivas la determinación experiencial se volvería aún más ininteligible [que en los juicios lógicos], siendo la imaginación y el entendimiento –como apunta Kant– elementos constituyentes fundamentales. Lo que pretendemos transmitir con estas reflexiones es que, dada la complejidad de todo procesamiento perceptivo, el entramado causal que impulsa a un sujeto a sentir o determinar la belleza de un acontecimiento o producto cultural es múltiple, por lo que asociar de manera monocausal e inequívoca la sensibilidad o el juicio estético con la presencia/ausencia de una experiencia concreta no resultaría del todo consistente.

Si bien los análisis hasta ahora expuestos nos invitan a plantearnos la relativa independencia causal entre “el mundo manifiesto” y “el mundo percibido”, más concretamente considerando la correlación entre la apreciación estética (sensibilización) y el número o carácter de las experiencias adquiridas con respecto al objeto/hecho en cuestión, a continuación reflexionaremos brevemente sobre la relación sensibilidad-juicio de valor. Siguiendo la misma lógica de los postulados anteriores podríamos decir que, a diferencia de la sensibilidad, el grado de certeza de un juicio de valor dependería mayormente del grado de conocimiento que se posea sobre un producto cultural, y no tanto de la intensidad sensitiva evocada por dicho objeto. He ahí la importancia que supone diferenciar primeramente el carácter constitutivo de las distintas dimensiones estudiadas (juicios lógicos o de valor, sensibilidad estética y realización fáctica).

A modo de conclusión, sin ánimo de caer en excesos o defectos informativos4, cabe resaltar que las consideraciones aquí soslayadas han pretendido, a grandes rasgos, analizar críticamente tanto la relación experiencia-sensibilidad como las relaciones de causalidad sensibilidad-juicio de valor. Ello ha supuesto tener en cuenta, por una parte, que la experiencia directa (recopilación sensorial) no debe ser considerada descuidadamente elemento totalizador, inequívoco o absoluto en la definición de las sensibilidades artísticas y, por otro parte, que estas últimas tampoco determinan incondicionalmente la validez de los juicios de valor. El “quid” de la cuestión radica, a nuestro entender, en tomar consciencia sobre la complejidad de las relaciones sujeto-objeto/mundo, así como de las sensibilidades, formas de conocimientos y juicios que se derivan de dichas experiencias.

JZRP

1 Cabe enfatizar que allá donde el juicio lógico está dirigido, principalmente, hacia el objeto (digamos, hacia las cualidades “objetivas” del mismo), el juicio estético estaría mayormente fundado y referido a las cualidades subjetivas, siendo el principal punto de reflexión o estudio el sujeto propiamente dicho. De ahí que Kant comente:

“Para distinguir si algo es bello o no, no referimos la representación mediante el entendimiento al objeto, con fines cognoscitivos, sino que a través de la imaginación (quizá unida con el entendimiento) la referimos al sujeto y al sentimiento de agrado o desagrado. Así pues, el juicio de gusto no es un juicio de conocimiento y, por tanto, no debe considerarse como lógico, sino que es estético, entendiendo bajo tal denominación aquello cuyo fundamento determinante no puede ser sino subjetivo.” (CJ, 3ss.).

2 Nuestros análisis se desviarían hacia otros derroteros –eminentemente pantanosos, aunque no por ello menos atractivos– si abordamos la cuestión concerniente a la posibilidad/imposibilidad de independencia “lógica” de los juicios estéticos en tanto que expresiones discursivas.

3 La posición por la cual el ser humano se concibe como ser determinante en la configuración o modo de “aparecer” del mundo exterior supone uno de los debates más suculentos de la epistemología filosófica (si procede, dedicaremos alguna entrada a ello).

4  Estimamos necesario subrayar que las consideraciones que aquí se realizan poseen un carácter breve y sucinto que, la mayor de las veces, no hace justicia a la profundidad de los debates existentes y dedicados a esta temática. Téngase en cuenta, por tanto, que lo aquí escrito no pretende ser algo más que una reflexión informal sobre temáticas de interés variadas, siempre abiertas a discusión, rectificación y debate.


viernes, 2 de agosto de 2013

Maus. La historia del holocausto protagonizada por ratones y gatos.


En mi segunda entrada quiero compartir con ustedes mis queridas merodeadoras, un cómic que apareció en mi vida hace ya unos cuantos años y cuya lectura tenía pendiente. Tras rescatarlo de mi estantería me arrepiento profundamente de no haberlo leído hace tiempo :).

Acercarse al delicado y espinoso tema del holocausto a través de animales como gatos, ratones, perros y cerdos puede parecer cómico e incluso carente de seriedad, pero nada más lejos de la realidad. Maus es un cómic profundamente áspero, riguroso y duro.
Relata la historia del padre de Art Spiegelman (el autor del cómic), Vladek Spiegelman, un judío polaco superviviente del Holocausto. Aunque el relato no se queda ahí, nos cuenta cómo es Vladek en la actualidad, se adentra en la psicología de este controvertido personaje, una persona tacaña, manipuladora y complicada de tratar.

viernes, 12 de julio de 2013

La metáfora de la teoría ondulatoria de la luz: humanos como frecuencias energéticas que se suman y restan en la interacción


Cada uno de nosotros existe durante un tiempo muy breve, y en dicho intervalo tan sólo explora una parte diminuta del conjunto del universo. Pero los humanos somos una especie marcada por la curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas. Viviendo en este vasto mundo, que a veces es amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del firmamento encima de nosotros (…).


Con este interesantísimo párrafo comienza su libro el científico celebérrimo Stephen Hawking y su compañero, físico teórico, Leonard Mlodinow. El libro, llegado a mí a través de una de las merodeadoras en este blog presente, se denomina El Gran Diseño (2010).

Una de las explicaciones –como otras del libro, tan loablemente pedagógicas– que con más ímpetu ha removido mi atención concierne a la teoría ondulatoria de la luz. ¿Teoría ondulatoria de la luz, pero esto a qué viene ahora?, podrás preguntarte mientras una ceja se torna irónica en tu rostro. La razón es bien sencilla –y no simple–: los autores, en el momento de desarrollar un ejemplo sobre los procesos constructivos y destructivos de interacción ondular, aluden a las relaciones interpersonales. Hete aquí la prueba:



Pero, antes de adentrarnos en el extraño mar, veces turbulento, veces sosegado, de las relaciones (inter)personales, mejor atender las siguientes palabras (pinceladas que ayudan a darnos un panorama lógicamente asequible sobre la teoría objeto de estudio):

Según la teoría ondulatoria de la luz, los anillos claros y oscuros [denominados formalmente `Anillos de Newton´] son causados por un fenómeno llamado interferencia. Una onda, como por ejemplo una onda de agua, consiste en una serie de crestas y valles. Cuando las ondas se encuentran, si la crestas corresponden con las crestas y los valles con los valles, se refuerzan entre sí, dando una onda de mayor amplitud. Esto se llama interferencia constructiva. (...) En el extremo opuesto, cuando las ondas se encuentran, las crestas pueden coincidir con los valles de la otra. En este caso, las ondas se anulan entre sí (...) Dicha situación se denomina interferencia destructiva (p. 64-65).

Es aquí cuando podemos volver la mirada a la imagen anteriormente señalada: tal y como ocurre con las personas, escriben los físicos, cuando las ondas se encuentran tienden a reforzarse o a anularse mutuamente. Esto conlleva plantearnos una retadora y extraordinaria pregunta: ¿hasta qué punto somos lo que otros hacen que seamos?, ¿de qué manera algunos individuos nos hacen ser mejores –o peores– personas? ¿No les ha ocurrido, dentro de unos márgenes concretos, que allá donde un individuo parece pulir doradamente vuestro interior, otro revuelve los pensares que dan forma a vuestra mente coléricamente? ¿A qué se debe todo ello?

Podríamos aceptar, de acuerdo con la psicología motivacional o algunas filosofías del sujeto –eminentemente idealistas–, que toda persona, en tanto que ser independiente y consciente, es enteramente responsable del cariz de sus pensamientos, emociones y acciones. Sin intención de sumergirnos demasiado en los debates siempre eternos sobre la condición limítrofe del campo afectivo-emocional así como de su constituyente dialéctico, la dimensión cognitivo-mental, es menester considerar la siguiente idea: si bien el pensar y el accionar del ser humano poseen determinados márgenes de autonomía, es decir, dependen mayormente del sujeto del cual emanan, también es cierto que los mismos se ven influenciados por las personas circundantes. 



En virtud de lo dicho, podríamos alegar que el potencial estético, artístico o intelectual de un individuo puede verse mermado o enriquecido según el haz cognitivo-emocional fraguado entre él y otro(s) individuo(s). La noticia es, a mi entender, doblemente buena: los demás tienen la capacidad de sumar o restar cualidades diversas en nosotros mismos pero, en última instancia, estas cualidades han de residir de una forma u otra en nuestro interior. En otras palabras, a no ser que descubramos repentinamente en nosotros algún talento oculto gracias a la mayéutica de un amigo o amiga, la fuerza de las subidas anímicas (crestas) o de las bajadas (valles) vendrá determinada por cuán alta o baja esté nuestra frecuencia cognitivo-emocional en la cotidianidad que nos confecciona.

Si de amistades productivas hablamos las merodeadoras son, con todo ello, cuatro ondas que parecen enriquecerse potencialmente en distintos niveles y ámbitos. En aras de alimentar las crestas que nos unen y sobrepasar los valles que puedan resquebrajar los ánimos, brindo por la amistad como un ingrediente básico –a veces socialmente descuidado– del caldo de cultivo personal.

¡Ábrase la travesura y vaya volado un Lumo-abrazo!

JZRP.

jueves, 11 de julio de 2013

El menú para ser una buena merodeadora



Como todo en la vida, la comida es uno de los elementos más importantes para desarrollar cualquier actividad. Es por ello que una buena merodeadora debe disponer de los siguientes ingredientes básicos:

- Buenos y sanos alimentos.
- Cariño y amor hacia tu compañera merodeadora.
- Sentido del humor merodeador.
- Respeto.
- Buenrollito (esencial)

Es una combinación perfecta, que conduce al éxito seguro, y es que cuando las merodeadoras se reúnen, no existe la noción del tiempo, de repente: uy, es la hora de irnos (infinita tristeza)

Una de las últimas veces que tuvimos la posibilidad de estar todas juntitas y revueltas, lo hicimos alrededor de una mesa con estos manjares:

  • Empanadillas de espinacas y queso
  • Crema de calabacín buena buena
  • Fondue de quesos dentro de pan payés 
  • Tarta familiar mil colores


Y es que es tan maravilloso compartir un menú así con grandes personas, que dan una energía y un buenrollismo, que casi casi no hace falta comer para tener tanta fuerza.

Y como siempre me gusta compartir canciones, esta vez comparto una emocionante, al menos para nosotras, ¿no queridas?